Ser. La noción
de ser es una de las más complejas que podamos encontrar en
filosofía. Podemos distinguir dos usos del término "ser":
un uso como verbo y otro como sustantivo. En cuanto verbo, tendría una función
meramente copulativa al relacionar un sujeto con un predicado, función que, al
no haber sido observada convenientemente, fue causa de muchos malentendidos. En
la historia de la filosofía ha prevalecido, preferentemente, su consideración
como sustantivo, como nombre abstracto, adquiriendo un valor existencial, absoluto,
que ha sido objeto de distintas especulaciones metafísicas.
En esta última acepción, como nombre abstracto,
podemos considerar de un modo muy general que el ser (en singular) remite a
"lo que es", a cualquier realidad individual a la que llamamos ente,
y a la que consideramos un "ser", independientemente de que su
existencia sea o no física, material; pero también podemos considerar que
remite a lo que hace que una cosa sea, es decir, al elemento común que
comparten todas las cosas que son, de las que decimos que "tienen
ser", y en este sentido consideramos al ser como el fundamento último de
la realidad. En este sentido, es el objeto de estudio tradicional de la
metafísica, el estudio "del ser en cuanto tal", considerando que el
ser es la categoría suprema de la realidad, o que es algo más que una categoría
de la realidad, a la que necesariamente han de referirse todos los seres que
existen.
Son muchas las interpretaciones del ser, a lo largo de
la historia de la filosofía, de Parménides a Heidegger. Y también las críticas
a dichas concepciones, entre las que destacan, entre otros, las de la filosofía
analítica y el positivismo lógico, que consideran esas elaboraciones como el
resultado de equívocos lingüísticos.
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