Fatalismo. En general,
creencia filosófica o religiosa según la cual existe un destino que debe
cumplirse inexorablemente, siendo inútiles los esfuerzos por evitarlo.
En la antigüedad el fatalismo fue defendido por los filósofos estoicos, quienes consideraban que todo ocurría según un entramado de causas y efectos que no eran sino la expresión del orden de la razón universal. De tal modo, era imposible sustraerse a dicho orden, aunque sí era posible reaccionar a las circunstancias determinantes y entendenderlas aplicando la razón.
En la antigüedad el fatalismo fue defendido por los filósofos estoicos, quienes consideraban que todo ocurría según un entramado de causas y efectos que no eran sino la expresión del orden de la razón universal. De tal modo, era imposible sustraerse a dicho orden, aunque sí era posible reaccionar a las circunstancias determinantes y entendenderlas aplicando la razón.
Fatalismo.- Los antiguos rechazaban con razón el
fatalismo porque implica el curso ciego de un poder más ciego aun. Pero, como todos cuantos creemos en el Karma, creían en el Destino (o “vías de la Providencia”, como
otros lo denominan), que cada hombre, desde que nace hasta que muere, va
tejiendo hilo por hilo en derredor de sí mismo, como la araña su tela. El Destino es guiado por la voz celeste del
invisible Prototipo que está fuera de nosotros, o bien por nuestro más íntimo
hombre astral o interno, que con
sobrada frecuencia es el genio malo de la entidad encarnada que se llama
hombre. Uno y otro llevan tras de sí al
hombre exterior, pero ha de prevalecer uno de ambos, y desde el principio mismo
de la invisible lucha, la rígida e inexorable Ley de Compensación aparece y
emprende su curso siguiendo fielmente las fluctuaciones de la pelea. Una vez está tejido el último hilo y el hombre
aparentemente envuelto en la red de su propia obra, entonces se halla por
completo bajo el imperio del Destino que él mismo se ha labrado, y entonces
este Destino le fija a él como un marisco en la roca inmóvil, o le arrastra
como una pluma en el torbellino levantado por sus propias acciones, y esto es
el Karma. (Doctr. Secr., I, 700). –Véase: Karma. (G.T. H.P.B.)
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