Bien. El bien puede ser considerado como
algo real (ya sea como un ente o como una propiedad de un ente) o como un
valor. En el primer caso sería objeto de la metafísica; en el segundo, de la
ética.
La
concepción del Bien como una entidad real, metafísica, la encontramos en la
República, donde Platón identifica el
Bien con el Ser, dándole un valor ontológico (que no excluye su valor
moral) al hacer de la Idea de Bien, a la
que compara con el Sol, la fuente de todo ser y de todo lo bueno. Esta
concepción del Bien será compartida por la mayoría de filósofos medievales, a
raíz de su aceptación por San Agustín, quien la toma del platonismo.
Aristóteles, sin embargo, al no aceptar la
subsistencia de las Ideas platónicas, rechaza
la posibilidad de que exista un Bien absoluto, por lo que concebirá el bien
como la perfección a la que tiende cada cosa (cada cosa tendrá, pues, su propio
bien, su perfección).
En cuanto
valor moral, el estudio del bien se convierte en el objeto de la ética. Las distintas escuelas
filosóficas buscaron su definición desde la antigüedad, proponiendo, por
ejemplo, que el bien se identificaba con la sabiduría, con el placer, con la
utilidad, con la indiferencia, etc., es decir, con aquello que el ser humano
considera que debe conseguir para alcanzar una vida feliz.
En la
modernidad, Kant reacciona contra
estas concepciones, al considerar que dan lugar a una multiplicidad de
"bienes" que convierten lo moral en algo relativo, por lo que propone
una concepción "formal"
(que no tiene ningún contenido) del
bien, al que identifica con la "buena voluntad", con lo que lo que el
fin de la acción moral no es ya la vida feliz, sino la vida digna.
La posición
de Kant ha sido criticada por las éticas materiales posteriores al considerar
que sólo puede dar lugar a la formulación de proposiciones tautológicas y, por
lo tanto, vacías, por las que en absoluto se puede regular la moralidad.
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